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Full text of "Recursos para la Escuela Sabatica"

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Iglesia Joven de la Univ. Adventista de San Pablo 

COMENTARIO DE LA LECCIÓN 

I Trimestre de 2008 
"El discipulado" 

Lección 11 

(8 al 15 de Marzo de 2008) 

Más lecciones en el discipulado 

Denis Konrado Fehlauer 



Hace algún tiempo atrás había una publicidad que decía: "No alcanza con ser padre, 
hay que participar". La frase pegó y mucha gente pasó a repetirla en diferentes situa- 
ciones. En la primera parte de la lección de esta semana podríamos utilizarla como re- 
curso y decir: "No alcanza con ser discípulo". Es necesario conocer al Maestro, prestar 
atención a lo que nos dice e intentar conocer el significado de sus instrucciones y ac- 
tos. 

Los discípulos del Maestro no tenían certeza de que Cristo se interesara realmente en 
ellos. Era un hombre poderoso, aunque ese hecho no significa mucho cuando ese po- 
der no es utilizado de la manera en que nos gustaría. Así, cuando la tempestad ame- 
nazó a aquella gente llevada al límite de la desesperación, le vomitaron aquello que 
pensaban en lo más íntimo de su ser: "¡Maestro! -gritaron- ¿No te importa que nos 
ahoguemos?" (Marcos 4:38, NVI). 

La presencia de Cristo no era garantía de que todo sería de paz y prosperidad. Pero al 
enfrentar dificultades, ellos podrían contar con Él, aún cuando estuviera ocurriendo lo 
peor. Percibir y aceptar esta realidad no era muy fácil para ellos. Ni tampoco a veces lo 
es para nosotros. Tenemos que recordar a José. Dios estaba guiando su vida. Pero 
cuando él pensó que las cosas estaban mejorando, fue acusado injustamente por la 
esposa de su patrón y pasó algunos años en prisión. 

Así, cuando Jesús multiplicó los panes y los peces, las personas creyeron que si Él es- 
taba en el poder, todo sería diferente. Sus necesidades inmediatas eran tan importan- 
tes a sus propios ojos que habrían podido comprender lo que Cristo quería enseñarles. 
La decepción que se produjo en ellos cuando Él rechazó ser rey fue grande. Tendrían 
que pasar algunos años más bajo el yugo romano. Cuando Cristo se apareció cami- 
nando sobre el agua se quedaron pasmados. Al final, no entendieron la naturaleza de 
Él, mucho menos su propuesta de un nuevo reino. Asustados, decían ver en Él al Hijo 
de Dios, pero no comprendían lo que eso significaba. Hoy, al igual que ellos, procla- 
mamos el poder de Dios en el pulpito, y fuera de él. Tal vez el problema no sea el creer 
que Él tiene poder, sino sentirnos seguros aún cuando ese poder no esté disponible de 
la manera en cómo y para qué nos gustaría que fuera. Y eso no es fácil de aceptar. 
Especialmente cuando somos amenazados por las dificultades de la vida. 

En rigor de verdad, la única manera de solucionar este dilema es pasar más tiempo le- 
yendo y meditando en el significado de los actos de Dios en la Historia. Así, tendremos 



una oportunidad de halar paz y serenidad aún en la tempestad, porque, al ver los 
ejemplos del pasado, podremos desarrollar la fe en el hecho de que Él está al absoluto 
control de nuestra vida. 

Por ello, si las cosas no te van demasiado bien, y tú requieras una prueba de parte de 
Dios para continuar creyendo, estarás transitando la misma senda que los fariseos. 
Ellos tenían al alcance de la mano los libros del Antiguo Testamento. Estos escritos re- 
velaban lo suficiente como para que reconocieran en Cristo al Mesías prometido. Basta 
recordar que los magos de oriente que lo habían visitado en el momento de su naci- 
miento supieron identificar al Niño del pesebre como el "Maestro Divino". Para eso uti- 
lizaron los mismos escritos que estaban a disposición de los fariseos. "La luz de Dios 
está siempre resplandeciendo aun en medio de las tinieblas del paganismo. Mientras 
estos magos estudiaban los cielos tachonados de estrellas, y trataban de escudriñar el 
oculto misterio de sus brillantes derroteros, contemplaban la gloria del Creador. Bus- 
cando un conocimiento más claro, se dirigieron a las Escrituras hebreas. En su propia 
tierra, se conservaban escritos proféticos que predecían la llegada de un maestro divi- 
no. [...] Pero en el Antiguo Testamento, el advenimiento del Salvador se revelaba más 
claramente. Con gozo supieron los magos que su venida se acercaba, y que todo el 
mundo iba a quedar lleno del conocimiento de la gloria de Jehová" [El Deseado de to- 
das las gentes, p. 41]. De este modo entendemos que la levadura, esto es, las tradi- 
ciones, invenciones e interpretaciones privadas, tomaron cuenta de la mente de los fa- 
riseos, imposibilitando que percibieran lo que las Escrituras revelaban. Y así nunca se 
convirtieron en discípulos de Cristo. 

Hoy nosotros no sólo tenemos la Biblia, sino también los escritos de Elena de White. 
Nuestro desafío no es únicamente entrar en contacto con la revelación, sino aprove- 
char las oportunidades que Dios nos da para que desarrollemos confianza en el amor 
de Dios. Los discípulos tenían miedo de los eventos sobrenaturales con los que con- 
vivían. Temían un futuro diferente al de aquél con el que soñaban. Nosotros, "sabemos 
que Dios dispone todas las cosas para el bien de quienes lo aman, los que han sido 
llamados de acuerdo con su propósito" (Romanos 8:28). Sin embargo, percibimos que 
en el devenir de la historia sagrada, de vez en cuando Dios permite que sus hijos ex- 
perimenten dificultades. En el caso de Juan, el Bautista, Santiago (Hechos 12:1, 2) y 
del propio Cristo -sólo para citar algunos ejemplos- la muerte fue su destino. Puede 
ser que eso nos incomode del mismo modo en que perturbó a los discípulos. Percibir 
el amor de Dios en acontecimientos tan desastrosos no es nada fácil. Pero, si no lo- 
gramos hacerlo, si tenemos miedo de lo que Él podrá permitir en nuestra vida, eso es 
una fuerte señal de que, tal como los discípulos, todavía no tenemos certeza de que Él 
nos ame verdaderamente. 

¿Quién sabe? Quizá el mejor testimonio que podamos dar sea el permanecer en paz 
en medio de la tempestad; permanecer fiel, aún cuando las circunstancias puedan in- 
cluso disculparnos del pecado o el devolver el mal como bien. No es nada fácil ser esa 
clase de persona. Pero, tal vez una vida transformada sea el único argumento capaz 
de derribar las posturas seguras de los ateos más acérrimos. Piensa en eso. 

Denis Konrado Fehlauer 

Traducción: Rolando D. Chuquimia 

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